Por qué es importante JUGAR y cómo influye en el NEURODESARROLLO infantil

Desde tiempos de Vygotsky sabemos que el aprendizaje se produce cuando los niños participan activamente en actividades prácticas dentro de un contexto social de apoyo pero, ¿qué sabemos en concreto sobre el juego? ¿Contribuye de alguna manera a la formación estructural y funcional del cerebro? ¿Necesita el cerebro estar preparado de alguna manera para jugar? ¿En qué medida influye el juego infantil en el neurodesarrollo? ¿Qué ocurre si un niño no juega? ¿Y si juega de una manera «peculiar»? ¿Cómo influyen el compromiso y la participación de los padres en el desarrollo?

Durante la infancia, la regulación es a menudo una función que depende de la intervención del cuidador, produciéndose grandes cambios de comportamiento en la atención y autorregulación a medida que nos desarrollamos. Los estudios indican que una red cerebral que incluye áreas frontales y parietales, relacionadas con la orientación atencional, es la que proporciona el principal medio de autorregulación en la infancia, pero que es el sistema de atención ejecutiva quien controla cada vez más la cognición y la emoción a través de sus conexiones a áreas cerebrales remotas (Posner y Rothbart, 2007; Rothbart, 2011).

En lenguaje coloquial, diríamos que nos permite perseguir objetivos e ignorar distracciones, además de influir directamente en el proceso de aprendizaje.

Por otra parte, la investigación basada en el comportamiento animal sugiere que el juego proporciona, tanto a los animales como a los seres humanos, habilidades que les ayudarán con la supervivencia y la reproducción a través de la enseñanza de lo que pueden y no pueden hacer, siendo además una oportunidad única para promover las habilidades socio-emocionales, cognitivas, lingüísticas y de autorregulación que construyen la función ejecutiva y un cerebro prosocial. (Yogman et al., 2018),

Las habilidades sociales, que forman parte del aprendizaje lúdico, permiten a los niños contemplar distintas perspectivas, prestar atención, resolver disputas con palabras y centrarse en tareas sin supervisión constante. En esta otra entrada sobre EL JUEGO EN EL AUTISMO 🔍, mencioné que los factores relacionados con el desarrollo del juego y la función ejecutiva difierían según las habilidades lingüísticas de los niños y que, dichas habilidades ejecutivas en la infancia temprana, podían ser críticas para que los niños con autismo desarrollasen el juego simbólico.

La conexión entre la atención ejecutiva y la modulación de la dopamina hace que, en estudios con niños pequeños como el de Posner y Rothbart mencionado anteriormente, se haya demostrado que la calidad del cuidado parental influye en las dimensiones del temperamento relacionadas con la autorregulación.

Los que tenían una crianza de peor calidad eran más impulsivos y más tendentes a la búsqueda de sensaciones

Los niños aprenden diferentes habilidades a través del juego, siendo además parte de nuestra herencia evolutiva; ocurre en un amplio espectro de especies, es fundamental para la salud y nos da oportunidades para practicar y perfeccionar las habilidades necesarias para vivir en un mundo complejo donde debemos interactuar eficazmente con otros.

La importancia del JUEGO LIBRE en Educación Infantil

El juego como regulador del estrés

Los estudios sobre los efectos de la crianza se han centrado trandicionalmente en la figura materna. Son conocidas las investigaciones sobre la depresión materna pre y postnatal y cómo esta afecta negativamente al desarrollo cognitivo y psicosocial de los niños (Field, 2010), pero hasta 2016 no se había abordado (apenas un poco por encima) la cuestión del compromiso paterno en el neurodesarrollo infantil y su contribución a la descarga del estrés materno.

Este interesantísimo estudio coreano amplía la información obtenida en otros estudios donde se da cuenta del papel integral que desempeñan los padres como figuras de apego (Lucassen et al., 2011), puesto que su forma de interactuar con los niños es distinta a la que realizan las madres, y contribuyen también a un buen desarrollo neurológico que repercutirá posteriormente en la vida del menor (Sarkadi et al., 2007).

Los padres afectan directamente el neurodesarrollo del bebé a través de actividades de cuidado como cambiar pañales, alimentarse o vestirse, y a través del apoyo emocional a sus parejas. En lo que respecta al juego, será este el que proporcione que el bebé vaya desarrollando nuevas habilidades para las que necesite una asistencia mínima al no poder realizarlas solo. Es lo que Vygotsky llamaba <zona de desarrollo próximo> y, dentro de esta, el proceso de andamiaje en el que dichas habilidades nuevas se van construyendo sobre las previas y son, además, facilitadas por un entorno social de apoyo.

Pensemos en una sonrisa social emitida por un bebé a las pocas semanas de vida, la cual invitará a conversaciones con pequeños arrullos y carantoñas, lo que a su vez conduce a una especie de danza recíproca de comunicación social antes incluso del surgimiento del lenguaje, seguido además por la «lectura no verbal» de las emociones expresadas ya sea por el padre o la madre. El fomento de ese andamiaje, que posteriormente se convertirá en la facilitación equilibrada de tiempo de juego no estructurado, requiere la participación directa del cuidador.

<¿Y por qué es importante que los niños tengan juego libre, en el sentido de no estructurado y regulado por un adulto?>

Las situaciones altamente estructuradas pueden reducir las demandas de funciones ejecutivas debido a la selección de los materiales por parte del adulto y la necesidad de hacer algo con ellos. El juego imaginario está específicamente relacionado con la capacidad generativa, pero no sólo para los objetos (sobre todo si son novedosos), sino también con respecto a nuevos repertorios conductuales y la consecución de objetivos. En palabras de Adele Diamond, el juego proporciona un contexto en el que las habilidades de FE se pueden practicar y mejorar.

Cuando trabajas con niños que tienen algún trastorno del neurodesarrollo, debes conocer cómo emerge el juego funcional o pre-simbólico, algo que sucede sobre el primer año de vida. De la misma manera con el juego simbólico, donde se utiliza un objeto para representar otra cosa, y que surge alrededor de los dos años y medio.

El juego imaginario implica un pensamiento complejo que permite a los niños separarse de los estímulos externos y pensar abstractamente

Vygotsky, 1978

El juego y las Funciones Ejecutivas

La detección temprana requiere conocer el funcionamiento del desarrollo típico y saber, entre otras cosas, que el nivel de lenguaje expresivo en niños de preescolar predice consistentemente el desarrollo de FE, e incluso se ha sugerido en diversas investigaciones que el discurso dirigido a uno mismo subyace en la relación entre el «fingimiento» y la función ejecutiva (Carlson, White, & Davis-Unger, 2014).

Un adecuado funcionamiento ejecutivo influye en la adopción de comportamientos como prestar atención y concentrarse, planificar un curso de acción, adaptarse a eventos imprevistos o controlar comportamientos impulsivos que no son apropiados para una situación dada. En esta revisión de 2019, indican que la disfunción ejecutiva que conduce a un comportamiento desadaptativo puede ser instigada o agravada por el estrés cuando este es intenso o prolongado, provocando una desregulación que reduce la calidad de vida, siendo además los acontecimientos vitales estresantes (tanto agudos como crónicos) factores de riesgo importantes para el desarrollo de enfermedades mentales y trastornos adictivos y de ansiedad. Estos y otros factores fueron analizados en toda una serie de entradas sobre el ABANDONO Y EL FRACASO ESCOLAR 🔍.

Cuando el juego y las relaciones seguras y estables faltan en la vida de un niño, el estrés mantenido puede interrumpir el desarrollo de la función ejecutiva y el aprendizaje de la conducta prosocial por lo que, en situaciones de adversidad (por ejemplo una pandemia, un caso de abuso sexual, maltrato, acoso escolar etc… ), el juego se vuelve aún más importante. ¿Y qué ocurre cuando un niño no adquiere desde la más tierna infancia una adecuada conducta prosocial? 😉

En otra entrada hablaré sobre los programas basados en la evidencia para trabajar las funciones ejecutivas, siendo además contrastados con los programas «populares» con poca base empírica pero que tienen una amplia aceptación por parte de educadores y familias.

J_Argüeso

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